Hace muchos años, escucho en consultas, numerosos casos donde la queja reside en que su pareja “no me escucha” “no me hace feliz” “me maltrata” “no hace lo que espero hace años¨” o “estoy harto/a” “no me satisface sexualmente” “tiene sus tiempos y son eternos” “hace lo que sabe que me enoja” y podría continuar varias páginas más, pero como muestra valen estas. Quiero decir, algo en la mayoría de las parejas no funciona, no caminan “a la par”, el andar es desparejo.
Esto sucede, cuando todavía hay una apuesta dirigida a suplir la falta estructural de cada sujeto, su vacío de existir, en el imaginario del amor (aunque no exista la media naranja o según el aforismo de Jacques Lacan “no hay relación sexual” –entendido como proporción, no como acto, que si lo hay-).
Actualmente se constata progresivamente, que sujetos desconocen la dimensión del amor y se lanzan a la búsqueda de goce que procura el fetichismo de partes del cuerpo del otro. Búsqueda que lo lleva a eliminar cualquier compromiso o vínculo con el otro. Este sujeto narcisista, evita cualquier intercambio amoroso con el ser-del-otro y su goce masturbatorio requiere la adhesión compulsiva a objetos de consumo: fármacos, drogar, mundo virtual, tecnología, incluso partes del cuerpo del otro, relaciones sexuales promiscuas, signadas por el encuentro anónimo y fugaz de los cuerpos. Amor líquido lo llamó Zygmunt Bauman.
Podemos decir que ya no se trata de “hacer el amor”, sino de coger, y generalmente se lo acompaña con el número de la hazaña sexual “me cogí seis esta semana” escucho frecuentemente, no tienen nombres, sólo un número.
Para quienes todavía apostamos por una declaración de amor –con todos los avatares que esto conlleva- hay tres puntos a analizar, como escribí al comienzo, las quejas y las culpas siempre recaen sobre el otro, primero ¿Y uno? ¿Cómo participa de ese enredo? Cada uno vuelca en su pareja los propios conflictos edípicos no superados.
Segundo, la elección del otro, que no es azarosa, se hace siempre sobre el fondo siempre presente de una figura parental a la que es necesario sobreimponer un partenaire que repita, al derecho o al revés, lo que no se puede olvidar. Y tercero, el sostenimiento de una relación patológica ¿sobre qué fondo se sostiene? ¿El temor a esta solo/a?, o ¿A no volver a enamorarse? “Me maltrata” (hace veinticinco años), “nunca me satisfizo sexualmente” (treinta años de casados).
Paradójicamente en una pareja puede suceder que el amor, intenso en un comienzo, se fue diluyendo hasta desaparecer, pero el odio, tibio al principio, con el tiempo se acrecienta hasta peligrosos desenlaces, crece y se sostiene por muchos años, incluso hasta el fin de una vida. “Mis padres siguen casados, viven juntos, pero no se hablan hace treinta años”. El negar al otro una palabra, como agresión, trae presente el final de la película “El secreto de sus ojos” de Juan José Campanella, como castigo mantiene encerrado en una celda a quién violó y mató a su mujer, encerrado, pide “por favor, decile que me hable”. Sabemos que un bebé, con los cuidados necesarios en limpieza y alimentación, pero privado de palabra, muere. Tal es el valor, y la agresividad de una palabra, o de su falta.
*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Red-i y/o de Kozaca.