¿Cuál es el modo que tenemos de vincularnos con nuestra pareja? ¿Cómo es que se configura la unión de dos personas? Son interrogantes que sobrevienen a menudo, cuando pensamos en las parejas y sus problemáticas.
El inicio de un vínculo amoroso está marcado por un registro principalmente imaginario, entendiéndose desde la teoría de Jacques Lacan, el cual describía tres registros que conforman nuestro aparato psíquico (simbólico, real e imaginario). Esta primera fase de un vínculo, etapa principalmente signada por el enamoramiento es imaginaria, ya que está gobernada por nuestros ideales. Es así que yo puedo ver al otro como alguien completo, a quien no le falta nada. El otro es ideal.
Por supuesto y afortunadamente, esto tiene una fecha de caducidad. En determinado momento de la relación, esos ideales caen y voy a poder ver la parte más real de la escena, y es que el otro, al igual que yo, tiene sus faltas, sus fallas. Digamos que es un simple mortal, sujeto de deseo, diríamos desde el psicoanálisis, en donde existe una falta constitutiva que nos convierte en humanos y nos aleja del resto de los seres vivos.
Es por esa falta constitutiva, que algo nos falta y que, por lo tanto, podemos desear. Ahora vemos lo peligroso que sería estar completos, ¿verdad? Si yo me sentiría completa, no habría motivación en mi vida, no habría deseo que me mueva.
Por lo tanto, a partir de que puedo registrar las faltas en el otro partener, es que elegiré si eso que me diferencia es algo que quiero aceptar. Allí se centra, creo yo, la cuestión del amor, en aquella fuerza que me hace sostener y aceptar (no soportar) lo diferente que tiene mi pareja.
Si fueramos iguales, si nada nos diferenciaría, o no pudiéramos registrar ninguna falta en el otro, probablemente tampoco existiría esa energía del amor. No habría fuerza que nos ligue, no habría allí ningún trabajo posible.
Una pareja siempre implicará un trabajo. Como todo vínculo, sostenerlo desde un aspecto sano, es un trabajo constante. Esto significa que deberé traccionar en función de tener la empatía necesaria para saber cuáles son las demandas del otro y entre ellas, a cuáles estoy dispuesta a ceder y a cuáles no.
Por otra parte, implica el trabajo desde mi parte de observar y respetar mis necesidades y deseos en relación a qué es lo que yo pretendo de una relación.
Siempre, claro está, partiendo del punto de entender que el otro es otro, y eso lo que me posibilitara amar.