Un breve recorrido por cierto discurso contemporáneo y sus efectos sobre los pacientes oncológicos
LA HIPÓTESIS PSICOSOMÁTICA Y SU CIRCULACIÓN COMO SENTIDO COMÚN Y “CIENTÍFICO”
No cabe ninguna duda del aporte que implican todos aquellos conocimientos científicos en torno a la innegable relación entre las problemáticas subjetivas o emocionales de las personas y sus efectos sobre el cuerpo biológico y la posible aparición de enfermedades de las que se ocupa la medicina. El concepto de estrés/distrés es un ejemplo paradigmático.
Lo que suele perderse de vista, y tomando ya como ejemplo concreto la enfermedad denominada “cáncer”, es que lo subjetivo (llámese estrés, depresión, situaciones traumáticas, etc.) es solo uno de los factores causales que pueden incidir en la aparición y desarrollo de una enfermedad cancerígena. El cáncer es una patología multicausal, en la cual interviene una compleja red de factores en su causación: predisposición genética, exposición a patógenos físicos o químicos, factores nutricionales, etc. Entre esas condiciones causales encontramos los efectos que sobre los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico tienen las situaciones de padecimiento subjetivo. Ahora bien, no debemos olvidar que, en cada caso, dependiendo del tipo de cáncer, del lugar del cuerpo que afecta, e incluso de cada caso en particular, esa red causal interviene en toda su complejidad y variabilidad, y no podemos determinar para cada caso en qué proporción intervino cada uno de los factores.
La dimensión iatrogénica de “simplificar” este concepto, es que se repite y circula con mucha insistencia y en diferentes ámbitos un discurso que termina reduciéndose a lo siguiente: “Ud. es el responsable de su propia enfermedad”, “el cáncer se lo causó Ud. mismo”, etc. Muchos pacientes oncológicos traen a la consulta psicoterapéutica ese discurso interiorizado: “es culpa mía tener la enfermedad que tengo”, “me lo generé yo mismo por estar estresado y no poner un freno”; “me apareció esto por estar deprimido y no ponerle ganas”; hasta incluso se llega a creer que “inconscientemente yo quiero estar enfermo, debo desear morirme”.
A todo lo anterior, como si fuera poco, se le agrega la idea de que durante el proceso de tratamiento (cirugía, quimioterapia, radioterapia, etc.) El paciente debe estar siempre “positivo, optimista, activo, esperanzado, alegre”, ya que la tristeza, la angustia, el miedo, el desgano son estados subjetivos que influyen negativamente en la eficacia de los tratamientos médicos.
Me resulta difícil imaginar una carga más pesada para un ser humano que la de creerse responsable de padecer una enfermedad como el cáncer, con toda la carga de significaciones que esa palabra implica, y a su vez no poder expresar los sentimientos negativos que implica tanto esa creencia como el proceso de atravesar los diferentes tratamientos médicos, los pensamientos que dispara el haber recibido ese diagnóstico, la mirada de los otrxs, la interrupción de la vida cotidiana, etc. etc.
Por todo lo anterior considero de una importancia fundamental que todas las personas que rodean al paciente oncológico: familiares, pareja, amigos, compañeros pero más aún los profesionales de salud que lo acompañan –y aquí se vuelve una cuestión ética-, tengamos la responsabilidad de revisar estos discursos que están tan incorporados al sentido común de nuestra época, porque el acto de reproducirlos, además de faltar a la verdad, produce una carga de padecimiento mucho mayor del que tal vez se imagina. Muchas veces, el solo hecho de despejar este sentimiento de culpa en el trabajo de terapia produce en el paciente un alivio considerable.
¿Podemos suponer que un estado de estrés, un período de depresión, una situación de pérdida significativa o cualquier situación vivida por una persona como traumática ha sido una de las condiciones –pero solo una entre otras- que favoreció el desarrollo de un tumor maligno? Sí, podemos suponerlo. No obstante: 1) no podemos asegurarlo con certeza. 2) No podemos determinar en qué “grado” ese factor prevaleció en relación a los demás. 3) Y lo más importante, esa hipótesis no significa que haya habido una voluntad de la persona de “enfermarse”, un “querer” o “buscar” enfermarse “a propósito”. Es decir, la influencia del estrés sobre la aparición de enfermedades biológicas, no implica la presencia de una especie de “masoquismo” del paciente que buscó y busca autodañarse o autodestruirse. En todo caso, si alguna situación por la que nos toca pasar en nuestra vida nos produce un malestar que no podemos resolver y eso influye en la aparición de una enfermedad física, tal vez lo más ajustado a la verdad, y al mismo tiempo lo más humano, sea pensar que evidentemente no contábamos con las herramientas para elaborar, trabajar y hacer frente a esa situación. Y si algo sabemos los psicoanalistas, es que uno no elige con qué herramientas cuenta en la vida. El andamiaje simbólico con el que uno cuenta es fundamentalmente inconsciente, y no el resultado de la voluntad de la persona, sino de procesos muy complejos que implican toda nuestra historia personal, los diferentes personajes y discursos de época que fueron construyendo lo que somos (familia, escuela, barrio, clase social, contexto socio-cultural, etc.).
La hipótesis del inconsciente, y más aún en psicooncología, puede ser una herramienta para corrernos de esa lógica de culpabilización tan cara al individualismo moderno.
Mat. Prov. 6968
Psicoanalista con Perspectiva de género y formación en Psicooncología