Angustia: Afecto tan antiguo como la humanidad.

Angustia - Cimadoni , María Soledad

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El término angustia proviene del latín angustia, angostura, dificultad. Hay quienes sostienen que el origen refiere a la angostura que se siente en el pecho al padecerla. El diccionario de la Real Academia Española la describe como aflicción, congoja, ansiedad. También como temor opresivo sin causa precisa, dolor o sufrimiento.

La angustia se siente, se sufre con cierto nivel de certeza. Cotidiano no excepcional. Solemos decir que estamos angustiados cuando ha pasado cierta medida, cuando comienzan a borrarse los límites que necesariamente deben enmarcarla para poder ser operativa.

Sigmund Freud, a lo largo de su obra ha ido variando su conceptualización. En uno de sus textos la define como algo sentido, un "estado afectivo" que conlleva un carácter displacentero.  "La mayoría de los neuróticos se queja de ella, la señalan como su padecimiento más horrible y realmente puede alcanzar en ellos una intensidad enorme y hacerles adoptar las más locas medidas".

¿Dónde ubicar el primer momento en que un sujeto vivencia angustia? ¿Dónde está su génesis?

Freud señala al acto del nacimiento como el arquetipo de toda angustia traumática. El nacer es traumático. Se pasa de un estado óptimo, ideal y placentero a otro donde comienza a padecerse el déficit de vivir, hambre, frío, calor, dolores, casi se puede decir que nacemos llorando. Luego de estas experiencias ante situaciones de peligro se repite esta vivencia de angustia la cual permaneció inscripta en nuestra psiquis entrampada en los rincones del inconsciente.

¿Con qué nos encontramos en el consultorio a la hora de abordar un caso? ¿Cómo se manifiesta la angustia? Diferentes son las formas en que se presenta. Están quienes llegan con un síntoma claramente definido, quienes dicen sentirse angustiados sin saber el motivo, quienes se encuentran inmovilizados para la acción, y quienes entre otros, presentan una angustia desbordada.

Vemos cómo la angustia puede tener desde un motivo concreto hasta su aparición sin causa ni motivo aparente. Tanto en la neurosis obsesiva como en la neurosis histérica es muy común que aparezca un síntoma que intenta evitar el encuentro con esa angustia. Se tapa, se esconde. Ahora bien, el síntoma va a seguir apareciendo una y otra vez. ¿ Y cuáles pueden ser esos síntomas? Dolores corporales, rituales, ceremoniales, parálisis, miedos, ataque de pánico, actos impulsivos, trastornos sexuales, desmayos, inhibiciones, etc.

Aquello que nos guía el tratamiento, la brújula en la dirección de la cura es la angustia.

Es a partir de esta señal que afecta, que duele, donde el profesional debe indagar para encontrarse con la raíz del malestar. Desde el psicoanálisis se cuenta con la palabra del paciente y sus dichos. Con todo aquello que pueda decir de su malestar intentando producir cierto movimiento de ese "no sé, no tengo idea", y de temor a que sus palabras no digan nada o digan mucho.

El analista brindará un espacio de escucha, prestando atención sobre aquello que el sujeto dice más allá de lo que quiso decir.

Frente a lo dicho uno se puede preguntar: ¿Qué hacer con la angustia? En esta época en que vivimos escuchamos a menudo la búsqueda de la “solución mágica” la que nos lleva a querer buscar la “inmediatez” a cualquier costo.

De allí el incremento de la venta de psicofármacos, que en ocasiones suele ocupar el lugar de un analgésico que intentara callar las dolencias.

Es verdad que la historia de uno puede tener ribetes dolorosos, penosos, con sufrimientos y pérdidas. Pero esto es parte de nuestra vida, lo que hace a nuestro ser. Entonces querer borrarla es como querer cercenar parte de uno fallando en cada acto. Angustia siempre habrá.

¿Podemos pensar que es necesario cierto nivel de angustia?

La otra cara de la angustia es el deseo. La angustia dosificada participa en la vitalidad de los actos, resulta ser un motor para la vida. El tema es cómo nos relacionamos con ella, cómo poder franquearla, encuadrarla y reconocerla, intentando de que no funcione obturando nuestra vida. Saber de ella, no termina siendo tan malo.



Cimadoni, María Soledad 

Psicologa 

Soledadcimadoni@hotmail.com

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