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(Reflexiones sobre el crimen de Fernando en Villa Gessell)

El asesinato de Fernando en Villa Gessell motivó estas reflexiones, primero pensé que no se trató que fueran rugbiers los cobardes violentos que en patota golpearon a un solo pibe, aun cuando ya se encontraba en el piso sin posibilidad alguna de defenderse. Indigna y causa estupor ver como uno de ellos, se acerca para patearlo en la cabeza, encontrándose Fernando tirado en el piso, inconsciente ¿Este es un hecho excepcional? ¿O forma parte de una lamentable cotidianeidad? 

También se ha comentado que fue producto de que los cobardes agresores se encontraban alcoholizados. Alcohol y drogas es otro depositario causal cuando la violencia se desata irrefrenable y absurda, cruel y violenta ¿No será ésta una forma de des-responsabilizarse? Al modo de “estaba drogado/alcoholizado”, ninguna sustancia quita responsabilidad. Uno de ellos dijo “la vida nos jugó una mala pasada”, como si dijera “yo no fui, fue la vida”.  Aun los alarmantes y crecientes índices de consumo en cada vez más jóvenes dentro de nuestra sociedad de todo tipo de sustancias, legales e ilegales, ninguna “desencadena” per se un acto de esta naturaleza. 

Vivimos en una sociedad donde los recientes días festivos de fin de año gradualmente aumentan su nivel de conflictividad e intolerancia –paradójico, ¿no?– Fiesta y violencia. Ir a comprar un obsequio, transitar las calles esos días es cosa de “locos” y la fiesta en sí, excesos, desenfrenos de todo tipo, de comidas, alcohol, drogas, sexo… Y no participar de esta “fiesta” es ser amargado y aburrido.

El crimen de Fernando se desencadenó por esa lógica excluyente, un “acto loco” que se cobró la vida de un joven, cometido por un grupo, que fue a hacer “justicia” por haberles arruinado la noche a ese “negro de mierda”, según uno de los insultos que fue escuchado en la agresión. ¿Nos sorprende? Si así fuera, deberíamos poner el foco en la violencia cotidiana, en la “locura” cotidiana, en la falta de respeto por el prójimo, por la “grieta” que divide a diferentes grupos, en este caso “chetos” versus “negros”, la lista es extensa y por todos conocida. 

Lo opuesto a esa lógica exclusiva es lo inclusivo que se articula con la conjunción “y”, vos y yo, respeta la diferencia “vos pensas aquello y yo esto”. Lo excluyente es representado por “o”, vos o yo. Donde la tensión imaginaria se precipita en actos violentos de suprema o fanática intolerancia. “Sos mía o de nadie”, forma que le ha costado la vida a tantas mujeres.

Hace años que estudio estos hechos, o “actos locos” que desencadenan un múltiple homicidio, que suceden intempestivamente. Actos locos que me llevaron a elegirlo como tema para mi tesis de postgrado en la Maestría en Psicoanálisis, ahí estudié casos cuya estructura de personalidad se encuadraba en las psicosis: Un médico de la Organización Mundial de la Salud, padre ejemplar e hijo cariñoso y protector de sus padres, una noche asesina a su mujer, sus dos hijos y a sus padres, “para evitar sus miradas” o antes de que se descubriera que él era “nada”. El caso de Ernst Wagner, maestro de escuela, quién mató a su mujer y sus cuatro hijos y después asesinó a dieciocho personas en Mühlhausen para “acallar las voces” o el caso de las hermanas Papin, personal doméstico de la familia Lancelin, quienes asesinaron a la dueña de casa y su hija, desencadenado por el delirio de una de las hermanas “nadie me pondrá de rodillas”, la parricida Iris Cabezudo, crímenes masivos en escuelas por alumnos de ese lugar, anónimos o excluidos de los cool, los top o chetos.

Estos pasajes al acto están conceptualizados como el momento clave de identificación absoluta del sujeto con el objeto. Esto que puede resultar árido puede en parte despejarse en quienes que se refieren a sí mismos como “una porquería” “me siento lo último” “lo peor” “una basura”, creo que es bastante gráfico el objeto de identificación en estos casos. O también el extremo opuesto, sujetos que se consideran superiores, puros, poseedores de una verdad irrefutable. Ernst Wagner se refería a sí mismo como un “ilustre suabo” y como perteneciente a “una estirpe de degenerados”.

Dos interrogantes me planteo a partir de estas líneas, ¿Qué diferencia los actos cotidianos de violencia -no hace falta que mencione la variedad de situaciones que se generan a diario espontáneamente- que no llegan al extremo del acto loco criminal, o que se detienen un instante previo, de aquellos que tienen un trágico desenlace? ¿Cuál es la distancia que separa de aquel llamado “normal” que asesina por “hacer justicia anulando al otro diferente”?

Al trabajar desde una formación psicoanalítica, en la singularidad del caso por caso, no es posible hacer recomendaciones generales, excepto una: Si alguien padece “arranques de ira”, episodios de violencia (manifiesta o contenida), si supone que la vida debe gratificarlo por injusticias sufridas… es recomendable que empiece a hablarlo con un especialista.

No podemos pensar que estos actos locos nos son ajenos, que corresponden a otros. Vivimos en una sociedad crecientemente violenta e intolerante. Cada muerte “loca”, nos convierte en responsables. Somos todos responsables de la sociedad en que vivimos.

 

*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Red-i  y/o de Kozaca.

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